domingo, 17 de junio de 2012

Azucena II


Después de una hora de platicas y coqueteos de parte de los dos, Asad propuso a Azucena salir a dar un paseo a los jardines de la universidad cercana, menciono conocer un bonito lugar que estaba seguro a ella le encantaría. Al salir del establecimiento ella apretó fuertemente la mano de Asad, ya no tenía ganas de soltarla nunca más, su corazón le decía que era feliz y su cabeza no se resistía mucho a los impulsos en estos momentos.

El la llevo a través de varios jardines continuaban platicando acerca de gustos y disgustos, de películas y música, del clima y las vacaciones. Cualquier tema era atractivo con tal de que la conversación no terminara, pasaron a través de un jardín de rosas, después vieron algunas flores locales y el camino en vez de ser recto iba curveando a través de las plantas. Entonces él le dijo que tenían que salir del camino y se dirigió hacia un grupo de bamboos, ella no estaba muy segura de que hubiera algo bueno por esa zona pero no quería soltarle la mano y curiosamente se sentía muy segura con el, así que ni siquiera tuvo que pensarlo.  Vio que entre los bamboos y otros árboles había un pequeño camino, había que pasar agachado y no estaba hecho de cemento como todos los otros caminos, se notaba por la falta de pasto que era un sendero muy transitado. Después de dar algunas vueltas y mantenerse agachada por unos metros pudo ver que mas al frente había un claro de luz, entonces vislumbro un pequeño estanque y en el estanque varios lirios, cuando nuevamente pudo erguirse observó a su alrededor, el lugar parecía mágico, todo el rededor estaba cubierto de bamboos y otros árboles delgados. Daba la sensación de que estaban en un sitio privado, vio un par de banquitas, contemplaron la vista desde una de ellas, el lugar se veía mágico, fuera de esta realidad. Alguna vez ella escucho de este sitio, no lo imagino tan bello, tan vivido, tan sereno. Era como estar en una pintura surrealista.

Platicaban acerca de lugares mágicos que ambos conocían mientras se mecían en la banca, gesticulaban disimuladamente para ir acercándose un poco mas cada vez, hasta que ella tuvo la cintura rodeada por su brazo, sintió un beso suave en su mejilla el cual le acelero el corazón inmediatamente, fue tan inesperado, a la vez tan natural. Es algo que ella no esperaba sin embargo le agradaba mucho. Volteó lentamente hacia él, un atisbo en ese mar esmeralda que habita dentro de los ojos de Asad y decidió perderse, cerró los ojos. Al momento sintió la calidez de los labios de Asad en los propios, contesto con un suave movimiento, un beso suave y largo. El brazo de Asad la aprisionaba  fuertemente de la cintura, con su otra mano separaba el cabello de su delicada cara. El corazón de Azucena no podía recuperar su ritmo, latía fuerte, lo sentía acelerado, lo podía sentir en su pecho. Él comenzó a  besarla un poco en los labios y un poco en el cuello, pero no liberaba en ningún momento su cintura. Azucena tuvo repentinamente un pensamiento de realidad, pensó en que ya llevarían ahí por lo menos media hora, en que debería de regresar pronto a su casa, y a la vez pensó en que nunca había besado a alguien que casi recién conociera, se sentía un poco culpable pero entonces venia otro beso y se sentía sencillamente entre las nubes.

Asad se detuvo por un momento, le dijo con voz baja  que nunca se había sentido así por nadie, que no quería faltarle al respeto o algo parecido, pero que ella le gustaba mucho, le agradaba su sonrisa, su cabello, su figura, sus pensamientos, -Por lo menos los que he escuchado hasta ahora.- señaló, que le agradaba mucho poder besarla y al mismo tiempo le dio un pequeño beso que fue correspondido por Azucena, él dijo en voz baja  algo que le costó mucho trabajo, le indico que vivía muy cerca y como ya comenzaba a anochecer la invitó a su departamento poder seguir platicando sin que les cayera la noche en la calle, la abrazó fuertemente, ella también lo abrazó. Asad aun con voz baja – Entiendo si no quieres o si no te sientes cómoda, lo entiendo perfectamente, ojala nos podamos seguir viendo…- En ese momento un sin fin de imágenes pasaron por la cabeza de Azucena, ella quería completamente quedarse con él, no quería que este día terminara nunca, quería continuar sintiendo el calor de sus brazos alrededor de su cuerpo. Pensaba en que sería muy bizarro ir con él a su departamento, no tenían ni una semana de conocerse, ir con algún desconocido a su casa es algo que ella nunca había hecho, sin embargo sentía que lo conocía. Dejo llevarse por sus impulsos, se lo permitiría por lo menos esta vez, solo por ser él, después de pensarlo por unos largos 19 segundos, con voz baja y entrecortada, Azucena finalmente susurró –Sí. Sí quiero.-

Caminaron abrazados, Azucena no sabía que pensar de ella misma, se sentía feliz yendo con él, caminaba junto al que podría ser fácilmente el hombre de sus fantasías, un hombre guapo sin igual, casi como un sueño hecho realidad.

jueves, 14 de junio de 2012

Umbrales - 1. Ellas

Graciela esta viéndome, no me deja de culpar, lleva días así. Insiste en que no le dedico tiempo, pero no es mi culpa que en aquella ocasión ella haya decidido dejarme solo. Lo recuerda, por eso no me reclama en voz alta, pero su actitud siempre dice todo. Manuel espera distante, ya llegara su oportunidad y él lo sabe, no tiene nada que demostrar. Graciela no lo entiende; ¿porqué está ahí?, si no es acerca de ella, ella vino primero. Yo tampoco entiendo mucho, no debería de estar ahí, ella fue la que se quiso ir, exigió que la dejara irse. Pero no se va, se ha quedado, es parte de mí y yo soy parte de ella. Se da cuenta del final, era obvio, es la siguiente. Yo no puedo evitar, la he deseado, su ardid da resultado, al final volverá a mí.

El sabor  del café sin azúcar, una corriente gélida en mi espalda, Zoé se escucha al fondo, son un sonido fantasmal,  mis dedos no se detienen, el hormigueo entre mis cabellos, siempre ocurre cuando la idea no se detiene. Continuo acariciando las letras, las palabras danzan, el humo de cigarro les sirve de escenario. Yo me he vuelto una chimenea, ya no lo evito, lo disfruto, aun con culpa, pero lo disfruto. Carlos me saca un momento del trance, vienen a mi memoria Poe, Miller, Lewis, revolotean un rato. El dealer aparece, la luz esmeralda amenaza con iluminarnos, una novia caciqueada, engañada. Una mujer que se queja justamente, su novio, escritor, ha escrito hermosos poemas, de belleza abrumadora, inmortalizando amores muertos. Los vecinos gritan, golpean, intentar cometer un homicidio. Arrastran muebles, preparan una estrategia. Steven Tyler repite Love in an elevetor desde otra dimensión. Ríen, el roedor espanta a las mujeres, lo atrapan, hay risas y silencio… hasta que ella me llama nuevamente.

-¡El trabajo! - Me grita Luis, tiene que ser el responsable. Lo ignoro olímpicamente. 

Luz  esta radiante, no puede ocultar su sonrisa, se recarga en mi hombro mientras perfilo las últimas líneas. Sabe que esta es su gran noche, haremos el amor apasionadamente, se siente tan llena de vida. Resplandece, cada movimiento que ella hace es para mí, y yo lo disfruto, es como ver al cisne negro, maquiavélico, dulce, apasionante, seductor. No me puedo resistir, viene de mí, es para mí. Se enlaza de mi cuello, me separa de mi silla, su boca es dulce, húmeda, provoca una tormenta en mi cerebro, ese es el control que tienen en mí, sus delicadas manos mientras cruzan mis cabellos, sus uñas raspan mi piel. Su cintura se funde en mis manos y yo me fundo en ella, somos uno. Disfruto de la textura de su cabello, del tono de su piel, el timbre de su voz. Ve mis ojos  mientras respira hondamente, los está presumiendo, brillan, podrías ver su vida a través de ellos, yo lo hago. Su fuerza me arrebata, su energía me quema, su cuerpo me purifica. Muero y renazco en ella, su sudor me hidrata. No me quiere dejar. Me susurra que la posea eternamente, que no la suelte jamás, sabe que no puedo. Sabe que me separare de ella, que por más que me encanté no puedo, no quiero, no debo quedarme con ella por siempre. Sabe que se acabaría, la consumiría y palidecería. 

Las imágenes no dejan de atravesar. La música ha cambiado, se ha vuelto demasiado tenue, la lluvia es más fuerte, el café ahora es té, y Poe se ha vuelto Rice. Voces que entran y salen en diálogos dispersos, cada uno con su orden, cada uno una memoria, me atormentan, me complacen. -¿Su significado?- le respondo: -Sí, si lo sé.- -…Nunca lo voy a olvidar… -Me vino de golpe- -¿Te agradaba entonces?- -Sí, siempre.- -Tu a mí no-. Un poco más de café, no puedo dejar de beberlo, hay silencios repentinos, incómodos. Te veo entrar al msn, cuando cambio la ventana ya no estás, un espejismo, eso te has vuelto. Te vuelves poesía, esa que nace del dolor y es sublime.  ¡Oh Diana!, lo que has provocado, tenerme en este estado. Tú y solo tú me podías meter en este abismo. Tu recuerdo opaca mi futuro, lo tengo que iluminar con posibilidades, realidades alternas. Mi conciencia debe abandonar esta posibilidad, atravesar umbrales, me has obligado a ponerme un reto, olvidarte. Pero ya lo hice antes. ¿Por qué no lo recuerdas? Es muy claro para nosotros. Me encanta seguir recibiendo mails de la IEEE me recuerdan una vida pasada. El sabor amargo, ahora es mate, el cambio es placentero. Pienso en el trabajo, siempre está ahí, parece que las facturas se pagan solas, pero yo se que no. Tengo que trabajar, debería estar “descansando”. Tal vez el cuerpo lo haga, pero mi mente no lo hará seguirá pendiente del trabajo y una vez allá estará pendiente de Diana. Pero me das razones para no hacerlo, me lo reclamas con voz entre signos de admiración, no dejas de señalarlo. Vienen las otras memorias, una tras otra, las razones para ir con ellas aparecen, se materializan en el pensamiento.

Graciela entonces es feliz, su enemiga me ha lanzado una vez más a sus brazos, será ahora mi compañera. Intentara estar conmigo en todos los lugares a los que vaya, no se quiere separar de mi, le he tenido que pedir disculpas. Ella fue la que lo provoco todo. Pero dejo una semilla, ha germinado lentamente. Ya no he podido sacarla de mi mente, la desmenuzó con tal facilidad, que supo como plantarse en ella sin ningún esfuerzo. Entonces de alguna manera yo pido disculpas, me rindo, necesito que me hable. Es la única forma de llamarla, todo es por Diana. Graciela nunca pierde lo altanera, se cree ella misma su nombre, como si fuera de oro. Le guiña a todo mundo, sabe muy bien de lo que es capaz, y no cae en su propio juego. Es lo mejor en ella. Y cuando se siente lo máximo la mira, la mira y la odia, sabe que seguirá esperando. Tendrá que esperar a que Luz  se vaya, a quien aún le quedan unas semanas en la ciudad de los ángeles, en Puebla. Pero ahora Graciela habla, por lo menos ya no está ahí callada, con los chinos alborotados por tantas rabietas. Disfruta su vino, disfruta más de su existencia, se vanagloria con su misma presencia. Interrumpe en los diálogos, siempre tiene algo que decir, piensa en voz alta. Y Luz  es ahora la que me reclama. Estamos en la cocina, y mientras Graciela ríe con carcajadas provocadas con simpleza… sin gracia, Luz  me susurra al oído, y su odio desaparece.

lunes, 11 de junio de 2012

Eokeria - 2. Un viejo amigo


Al despuntar el alba un pequeño ruiseñor empezó a trinar fuera de la ventana de la habitación de Urmel, los rayos del sol buscaban su paso a través de las puntas de los arboles del bosque de Karmath y llegaban directamente a calentar el rostro del eladrín. Urmel sentía como había recuperado sus energías después de su meditación, un estado en el que se encontraba completamente alerta de su entorno y aun así brindaba un descanso tan profundo como el del oso pardo durante su hibernación. Cualquier eladrin era capaz de lograr este estado, una habilidad única y envidiable de esta casta. Con gran júbilo se dispuso a bajar a la cocina, se puso sus babuchas de piel de camello y se quito el turbante, el cual le hubiera dado calor mientras preparaba el desayuno para otros cofrades, tomo unos leños y los puso en un hueco que más parecía un pequeño pozo que una estufa. Con un ademan hizo que la madera ardiera en fuego, mientras con otro una cacerola descendía de lo más alto de las paredes para posarse suavemente sobre el pozo, la lleno hasta la mitad con agua de la pileta y después tomo algunas zanahorias, papas y calabacines de la alacena y los rebano en la mesa. Es de mala educación hacer volar comida así que no lo hizo, cuando el agua comenzó a hervir le añadió todos los vegetales y un puñado de sal, al cabo de 30 minutos el desayuno estaba listo, así que llamo a sus compañeros. En medio del jardín había un curioso artefacto sonoro, que servía para amplificar la voz de quien hablara por el extremo más estrecho de este, pero Urmel apenas susurro las palabras “el desayuno está listo” desde una ventana de la cocina, y utilizando su voz fantasmal este sonido llego hasta la base del artefacto subiendo a través del conducto de cobre hasta llegar a la parte más ancha y escuchándose como un grito en todo el jardín. Entonces una voz conocida y llena de alegría dijo desde el umbral de la puerta al jardín -Muchas gracias amigo, es un placer poder desayunar contigo una vez más.- En la puerta se encontraba un hombre que no aparentaba más de 60 años, se veía fuerte con la mirada suspicaz y una amplia sonrisa en la boca, su cabello era blanco y la frente más amplia pero definitivamente para sus 85 años se veía joven y fuerte, con gran alegría Urmel reconoció de inmediato a Oedese y sirviéndole un plato dijo – y para mi es un placer volver a servírtelo, amigo mío-.
Después de desayunar otros eruditos y Urmel disfrutaron de una pipa de tabaco de Jadis, una ciudad al norte del bosque, mientras Oedese contaba sus aventuras a través de todo el continente, mostro su libro ahora repleto de hechizos y rituales, algunos conseguidos a la fuerza otros cedidos por sus dueños originales. Relató historias acerca de viajes por debajo de la tierra y de sus vivencias con otros amigos, algunos muy valientes, otros dirigidos por su fe, algunos otros siempre movidos por la codicia y buscando el bien propio, pero todos ellos muy fieles a su propia causa. Explico cómo había conocido a una bella dama en un campo de trigo, mientras ella simplemente caminaba entre el sembradío, y él junto con sus compañeros pasaban por ahí a caballo, sostuvo fuertemente que nunca vio a nadie tan bella y que espera el momento en que puedan estar juntos de nuevo. Hablo de sus hijos e hijas y de cómo habían crecido fuertes bajo el cuidado de su madre, como se hizo de fama en tierras lejanas por un par de hazañas heroicas que a él más bien parecen golpes de suerte en momentos de gran apremio. Al final del día solo quedaban él y Urmel platicando, le confesó que esperaba morir ahí, morir muy pronto, ya no esperaba vivir muchos años, sentía que su cuerpo debía descansar por siempre, pero no sin antes enseñarles a otros algo de lo mucho que había aprendido. Antes de morir él quería ver a Urmel partir, el mismo eladrín después de tantos relatos tan maravillosos ardía en deseos de salir a conocer ese mundo sorpréndete ahí afuera, Oedese quiso que Urmel tomara su libro como suyo, pero Urmel se negó, el tenia uno propio y además uno pequeño con notas personales, se mantuvo firma en que él iba a encontrar la forma de llenarlo con nuevos conocimientos. -Es mejor que el libro se quede aqui en la biblioteca para que nuevos magos pudieran aprender- Dijo.
Una semana después Urmel partió con rumbo a Talenta, pasaría primero por Jadis donde compraría apropiadamente mas tabaco entre otras cosas, y luego por Hatheril, donde un amigo de Oesede le brindaría seguramente un buen lugar para descansar de su larga jornada. En Talenta buscaría a los hijos de su amigo y les daría su última voluntad, el mensaje de que él se quedaría en el colegio del Karmath hasta que pudiera ir con su madre. El único regalo que Urmel acepto fue una capa de viaje que Oesede había usado los últimos 12 años, aunque era vieja parecía como nueva según su dueño y según Urmel nunca había visto capa mejor. Así fue como los amigos se despidieron, y Urmel dijo –ojala vuelva aquí algún día y te pueda contar mis propias aventuras, viejo amigo.-

Eokeria - 1. Libros


La luz de la vela casi llegaba a su fin, la cera se había escurrido dejando una nueva capa en el candelabro,  así es como Urmel marcaba el momento de dejar su más grande interés en la vida. Urmel era un persona muy curiosa si tomamos en cuenta que nunca has visto a un eladrin, su cabello le cae suelto hasta la altura de sus codos, y es de un rubio pálido casi blanco a la luz de sol, sus ojos sin pupila son como un par de corindones violetas pero su mirada es inquisitiva, un tatuaje negro con forma de luna creciente desde su mejilla hasta su barbilla pasando por cuello contrasta con su piel clara, y sus orejas puntiagudas te llamarían la atención si es que nada de lo anterior lo ha hecho hasta ahora.
Urmel necesitaba del descanso después de haber leído de tomos tan antiguos como las paredes de la biblioteca en donde se encontraba, ahora conocía un sinfín de runas y alfabetos exóticos sin embargo no era tan fácil como suena. La mayoría los había copiado con mucho cuidado en un pequeño libro en donde llevaba sus propias notas acerca de lo que más le llamaba la atención o lo que menos entendía, con el propósito de revisarlo con más calma en otro momento.
Leer se había vuelto una pasión para el joven eladrin, joven para su estirpe, pues un  humano con esa edad muy posiblemente estaría sucumbiendo al paso de los años en su cuerpo. Llevaba tan solo 5 años estudiando botánica y ya sabía con detalle acerca de 200 plantas, 160 flores y 70 tipos de arboles o arbustos distintos, conocía su forma de polinización el clima que necesitaban para crecer, la época del año para su germinación y florecimiento, así como su uso medicinal, alucinógeno o dañino entre otros muchos datos más, sin embargo, aunque reconocía cada especie en el jardín del alto colegio de hechicería en donde se encontraba no había visto a mas de 50 especies distintas de vegetales. No había dejado el colegio desde hace 50 años, cuando puso un pie por primera vez en ese lugar, ahí se recibían estudiantes solo cada 5 años sin importar cuantos presentaran habilidades pues había un riguroso control de ingreso, ese año solo fueron admitidos 4 estudiantes, 3 de ellos eran humanos, pero 2 habían dejado el colegio 40 años atrás y el otro solo le tomo 5 años más saber que debía de buscar conocimiento en la experiencia más que en los libros.
Para Urmel el tiempo era distinto, el tiempo que había pasado devorando la biblioteca no era muy alarmante, todo es mucho más tranquilo para la raza de los Feyaldin, el único propósito al llegar al colegio era aprender, cuando sus amigos partieron para él fue una pena muy grande, no por perder sus amistades, sabía que siempre serian buenos amigos en su corazón, sino porque ellos se perderían de tantos tomos exóticos que solo ahí encontrarían.
Con esos grandes amigos compartió las formas básicas de escritura en alfabeto común y así aprendió a leer tomos escritos por casi todas las razas, libros acerca del uso de la fuerza cósmica como poder arcano, entonces al tercer año se hicieron con un objeto especial que ellos debían elegir y crear, Gamot creó un bastón el cual le servía para enfocar su magia hacia su propia protección. Gamot recordaba siempre como su padre había perdido la vida bajo las garras de un puma cerca de la costa, sus temores eran fuertes a causa de esa mala experiencia, Prinorquio era en cambio una persona que prefería el ataque a la defensa, su única razón para pasar 10 años en el colegio era aprender los ataques arcanos más poderosos posibles. Muy pronto noto que un objeto que mejorara el uso de esos ataques sería lo ideal para él, así que se hizo con una varita que le ayudaba prácticamente a nunca fallar en sus conjuros, pero Urmel y su mejor amigo Oesede escogieron un orbe con la cual podrían amplificar la duración de sus conjuros, este es un objeto mágico muy difícil de controlar requiere de toda la fuerza de voluntad del taumaturgo, esta debe ser canalizada a través de la esfera para que su hechizo mismo se mantenga.
Los siguientes años estudiaron los hechizos más básicos, canalizar la energía cósmica no es cosa de días, requiere de mucha concentración por parte de cualquier persona aun de aquellos que poseen habilidades intrínsecas y que las demuestran fácilmente al mover objetos o crear pequeñas luces de la nada, pero con el paso de los años lograron dominar los conjuros, digamos hasta con cierta facilidad podían repetirlos día a día. Sin embargo el desgaste energético era muy fuerte para ellos como principiantes, después se les mostro encantamientos que requerían de un poco más que de concentración, a estos se les conoce como rituales, los cuales les servían por ejemplo para acumular sus energías y vaciarlas en pergaminos y así contener los conjuros para tenerlos a su disposición en algún otro momento. Algo que hasta el más bonachón de los encantadores debía de saber hacer, y aunque aun no eran expertos en ninguna clase de conjuros sencillos el colegio solo estaba ahí para mostrarles el comienzo, enseñarles que son capaces de aprender, entonces ellos solos buscarían el conocimiento y se llenarían con él.
Pero Urmel quería más que aprender sortilegios, quería aprender historia, arte, le interesaba conocer los ciclos de la vida en el mundo. Toda criatura era tan maravillosa para él cuando se tomaba el tiempo suficiente para observarla, era simplemente increíble, y ahí estaba toda esa información. Primero aprendió historia, quería saber por qué los humanos eran tan ambulantes, siempre cambiaban el lugar de sus castillos, sus reinos parecían no estar cómodos ni a la orilla del mar ni en el resguardo del bosque, según lo que había leído no eran una raza de costumbres duraderas el cambio era su mayor cualidad. Los orcos, duendes, kobolds, gnolls y otras clases de trasgos eran razas guerreras, pero con un ápice de locura interna que las llevaba incluso a la destrucción de su misma colonia, simplemente se veían malignas en cualquier volumen que encontraba acerca de estas. Casi tan malvadas como sus primos los elfos oscuros, aquellos que solo conocía por las advertencias de su padre, estas dictaban tener la guardia alta durante las noches que pasara fuera de las civilizaciones, historias de crueles matanzas donde no respetaban niños ni mujeres, eran simplemente abominables, y siempre mantenía la pregunta en su cabeza acerca de dónde provenía tanta maldad.
A las criaturas de gran tamaño aprendió rápidamente a reconocerlas en las ilustraciones, y aprendió también cuáles eran sus gustos mas excéntricos, principalmente esas criaturas aladas, con escamas tan resistentes como para desafiar a la mas filosa lanza de cualquier valiente paladín, los dragones eran sin duda una fascinación entre todas las criaturas, capaces de demostrar maldad y bondad desmesurada, siempre se identificaba con estos en cuanto al contraste que podía existir aun entre razas familiares.
De las criaturas bajo el suelo creyó que todo consistía en codicia, hurgar en las entrañas de la madre tierra en busca de piedras preciosas y metales valiosos, el fin, atesorar mas y mas de ellas, no fue hasta que encontró un libro escrito por un enano. Harbeck hijo de Thorbin, quien con palabras de poeta en runas de Durin, dejo expresado su infinito amor a cada caverna que brindaba la materia prima a cada uno de sus hermanos y a la vez su belleza misma. Enanos que con gran pleitesía se aprestaban a forjar puertas, pilares, pisos, candelabros, estatuas, fuentes, armas, escudos, armaduras, y toda clase de mueble para sus grandes palacios, Casas de reyes que yacían todos bajo el suelo, y sin embargo luz no les faltaba pues el fuego de Pelor no podía alumbrar sus moradas pero les habría mostrado Durin como llevarlo y conservarlo dentro de sus madrigueras. En ese epítome de Harbeck observó ilustraciones un poco toscas, pero que no dejaron de maravillarlo, pues la belleza arquitectónica era en verdad un arte y aunque el estilo era muy distinto a su ciudad natal en la isla de Nastas era único y precioso.
Y así paso los años estudiando y madurando y ahora con un simple ademan hacia volar el tomo de Heslop Harrison “Vegetales en las islas hebridas” hacia su apropiado lugar en el alto estante de botánica a 2 metros de él, mientras se arreglaba su turbante preparándose para su meditación antes del alba.

Amiga.



Señorita de mis sueños.
Dueña de mis ilusiones,
creadora de mis alegrías,
regocijo de mis ojos,
luz en mis pupilas.
Calor de mi corazón
ladrona de mi razón

Hola, amiga incondicional,
que has retornado a mi vida.
Perdida te imaginaba,
después de tantos años
de no poder hablarte.
Me siento en el cielo
Al compartir tan solo
un poco de tu tiempo conmigo.
A ti, que te creía perdida.

¡Doy gracias al destino!
Pues te devolvió a mi vida…
Y dime tu si no
ahora es más divertida.

Cada minuto


Es una batalla constante
antagónica a mi  ímpetu,
el deseo arde en mí.
Ardua es la tarea,
oponerse al impulso,
¡romper con la inercia! 
¡Contener el arrebato!
De mi mente no se aleja
el pensamiento es persistente.
Ocupas toda mi mente.
Que cobarde soy.
Pensando en huir.

Azucena I


Era una tarde de mayo, la lluvia arreciaba fuera del café, una pequeña mesa en la esquina a la luz de una lámpara servía de refugio para que Azucena disfrutara de su lectura favorita, había leído este libro por lo menos 6 veces y no se cansaba de volver a hacerlo, con cada página, cada párrafo, cada palabra se transportaba a ese mundo lleno de sorprendentes personajes, ese mundo que la hacía sentirse excitada, emocionada, asustada, enamorada, simplemente se perdía entre las líneas de sus personajes favoritos, se imaginaba junto a ellos en cada momento a través de cada aventura, y es que esos libros le robaban todo su ser, simplemente la mantenían atrapada.
Por su puesto Lestat era su personaje favorito, aunque no le agradaba mucho la idea de unos rizos dorados en un hombre, los ojos grises que caracterizaban al joven de Lincontour  le robaban su atención y el hecho de que se vieran azules o violetas dependiendo de la habitación simplemente le apasionaba.
Al termino sus clases, Azucena por lo regular disfruta de un café en las cercanías de su facultad, aprovecha esos momentos para dejar volar su mente, ese día como todos los demás Azucena planeaba salir temprano de aquel café para dirigirse a su departamento y comenzar los deberes escolares, sin embargo la incesante lluvia no le permitía abandonar el establecimiento y le servía de pretexto ideal para continuar con su lectura.

<Rin rin> la campana de la puerta llamo la atención de Azucena, un joven bañado por la intensa lluvia acababa de entrar al establecimiento, vestía unos jeans azules deslavados, zapatos negros casuales y una playera negra algo ajustada que por culpa de la lluvia se le había adherido aun mas a su cuerpo, un collar de cunetas negras y cafés, algo muy curioso para Azucena fue que él en la mano izquierda llevaba el mismo libro que ella leía, pero era una edición nueva de esos con el fondo negro y una copa que se llena de sangre, muy al estilo de los libros de la serie twilight.

Azucena no le pudo quitar la vista desde ese momento, fue como si se quedara paralizada con el libro entre las manos. El desconocido se quedo parado un momento en la entrada, en su cara se reflejaba un poco de confusión después de pasar la vista por todo el lugar, la razón es que no había mesa alguna vacía en el café. Entonces Azucena notó que la mirada de él se enfocaba en ella, inmediatamente una leve sonrisa apareció en el rostro del muchacho, parecía malvada y generosa a la vez pero sobre todo a ella le parecía muy sensual. Esa sonrisa hizo que Azucena sintiera como su cuerpo se estremecía involuntariamente, él comenzó a caminar hacia la mesa-refugio de Azucena, se movía con un paso seguro, decidido, que para ella resultaba hipnótico. Fue cuando Azucena pudo observar con más detalle el cuerpo del muchacho, la playera húmeda mostraba por momentos el torso perfectamente esculpido, las mangas cortas de la playera hacían relucir sus brazos -tan perfectamente marcados- pensó ella, un tatuaje de un dragón en pleno vuelo se asomaba un poco por debajo de la manga de su brazo izquierdo, esa imagen hizo que su corazón se acelerara. A la vez comenzó a pensar en que sería un engreído mas, uno más que tendría que rechazar, pero decidió que por esa sonrisa le daría una oportunidad.

- Hola – dijo él con un tono más inseguro de lo que Azucena esperaba, - ¿te puedo acompañar un momento? – su voz era suave pero con un tono grave de fondo.

Ella no atino a decir nada, siempre había sido muy tímida al conocer nuevas personas, mas aun con personas que le atrajeran tanto como él, además ahora la luz de la lámpara se reflejaba en el rostro ligeramente moreno de el recién llegado. Fue en ese momento en que ella pudo notar el tono verde esmeralda en sus ojos, esto provoco que las palabras se escondieran aun mas dentro de su mente…

 - Me llamo Asad Khalil, pensé que podríamos compartir la mesa… claro si es que no te molesta…-
Azucena quería decir que SI, pero la palabra simplemente no salía de su boca, se sentía un poco tonta por no decir nada hasta ahora y no podía quitar la vista de esos ojos tan serenos.
 - … tal vez fue una mala idea… disculpa- dijo él.

Los ojos verdes voltearon hacia otro lado, el ceño fruncido empujo las cejas pobladas de Asad hacia abajo mostrando el arrepentimiento en su rostro,

-No!... por favor siéntate- dijo Azucena, en un tono muy agudo, nada propio de ella, aclaro un poco su voz y dijo

–Siéntate, Mi nombre es Azucena, discúlpame, me tomaste un poco desprevenida dentro de mi mundo, ya sabes, esto de leer, me hace sentir como fuera de mi

- A mí también me hace sentir así, no te preocupes… y gracias, la verdad es que usualmente no hablo con desconocidas y menos si son tan lindas como – Se le quebró un poco la voz en la última palabra.  
Y es que Azucena es abrumadoramente bella, capaz de poner nervioso a cualquiera. Aunque es una persona sencilla, como toda mujer siempre se arregla para salir, no exagera al hacerlo pero siempre se ve muy atractiva, y este dia no era la excepción. De esta manera se creaba una barrera para los más tímidos que no se atrevían a entablar una conversación con alguien como ella y a la vez y por desgracia para Azucena atraía a los más tontos que creían poder conquistarla con los cliches mas estupidos, por lo cual ella siempre se encontraba en constante alerta anti-engreídos. El físico de Asad encajaba perfectamente con el de cualquier narcisista sin embargo ella distinguió algo muy distinto en él.

 – Quiero decir mucho gusto, Azucena – dijo él mientras tomaba una silla de metal y se sentaba en frente de ella.
- Mucho gusto, A... como dijiste?-
-Asad Khalil, no te preocupes, siempre cuesta trabajo la primera vez – Se notaba el nerviosismo en su voz.
- Mucho gusto Asad, deberías pedir algo caliente, ya sabes para que no te resfríes –

Asad pidió un cappuccino y un té mas para ella. Azucena noto como Asad se relajaba un poco mas cada vez, al principio parecía rígido y sus movimientos se notaban algo forzados, casi robotizados. Pensó en que él se veía realmente nervioso pero conforme comenzaron a platicar del gusto por el libro que tenían en común comenzó a verlo más relajado, en cambio ella se ponía más nerviosa a cada minuto, no podía creer que alguien con la apariencia como él pudiera ser tan sencillo, y además que compartiera junto con ella la misma admiración por las historias de Anne Rice.

A él gustaba mucho lo blanco de la piel de Azucena, parecía que nunca hubiera conocido el sol. Tiene el cabello largo de un negro muy profundo que hace ver su rostro aun mas blanco, con un peinado bastante coqueto un fleco largo hacia la derecha por encima de sus bien delineadas cejas, las cuales servían de marco perfecto para esos ojos café oscuros tan coquetos que robaban suspiros. Basto que ella esbozara una pequeña sonrisa para que el notara que en medio de su labio inferior tenia un pequeño lunar el cual inmediatamente le dio ganas de probar, pero apenas la conocía, así que eso quedaba fuera de sus posibilidades.

 -¿Como es que se te ocurrió salir a la calle con semejante lluvia? – pregunto Azucena.
- Tenía que llegar a tiempo a una cita con un profesor de baile, estudio danza moderna en la escuela que está pasando el Carolino-  Lo dijo con el suficiente orgullo para que ella se interesara, ciertamente a ella siempre le ha gustado bailar pero ha sentido que no lo hace muy bien cuando se trata de seguir a una pareja.
- Pues entonces tendrás que mostrarme algunos pasos, eso de bailar me falla… –
- Seria genial, me agrada mucho la idea de bailar contigo, y ¿tu a que te dedicas?.. mmm déjame adivinar, pocos libros, lectura con un té después de clases ¿estudias Letras?-
- No, estudio Psicología pero estuviste cerca. –

Después de dos horas de conversación, parecía que ya se conocían de toda la vida, se reían de cosas pequeñas y no había nerviosismo entre ellos. El lugar estaba casi vacío, y la lluvia había hace rato había cesado. El cabello de él ahora estaba seco, era lacio de un café no muy oscuro, le llegaba apenas por debajo de los ojos pero se lo había hecho hacia los lados de manera que no le cubría la mirada. A ella aun le parecía estar frente a un modelo, no podía ser que después de haberse mojado estuviera tan perfecto sin haberse hecho nada, la sonrisa que mostraba ahora con mas facilidad le robaría el suspiro a cualquier mujer, y ahora que lo tenía más cerca podía notar las pestañas largas que tenia incluso hasta las envidiaba.

- Se ha hecho muy tarde, hay algunas cosas que debo hacer, ya sabes tareas, te parece bien si nos volvemos a encontrar mañana o en la semana? – Dijo ella.
- Me parecería perfecto, recuerda que tengo que enseñarte algunos pasos y apostaría mi brazo derecho a que bailas con una cadencia única –
- Hahaha se ve que no me conoces pero hago el intento-

Pidieron la cuenta y el se ofreció a invitarle, ella acepto de mala gana no podía discutir mucho con él, una vez que se levantaron de la mesa ella se sintió pequeña junto a él, ella media poco menos de 1.60m mientras que el estaba alrededor de los 1.80m y aunque ella calzaba unas zapatillas la diferencia era notoria. Ella se quedo viendo hacia arriba y él no sabía por que miraba tan fijo hacia su frente, después de un momento la tomo de la mano con la naturalidad que dos amigos se toman, simplemente parecía que ya no había contenciones entre ellos, se sentían muy cómodos el uno junto al otro, y aun así a ambos no les dejaba de latir el corazón por el hecho de estar tan cerca.

Una vez fuera notaron que las nubes habían desaparecido, las calles aun estaban húmedas pero el sol ya lanzaba rayos a través de los edificios, esos rayos naranjas típicos de los atardeceres. Los rayos se posaron de pleno en el vestido de Azucena al salir, en ese momento Asad quedo boquiabierto, hasta ahora no había notado el cuerpo tan bien esculpido de Azucena. Ella vestía un vestido strapless blanco, con flores vino y mariposas verdes, una cinta gruesa le remarcaba la cintura. La falda tipo bombacha dejaba ver sus bien torneadas piernas, sin embargo como el resto de su cuerpo en extremo blancas, llevaba un pequeño suéter blanco que le cubría la espalda y una bolsa de una sola asa donde llevaba un par de libros y un cuaderno, su look en general era bastante coqueto.

-No te ofendas, te ves hermosa, pero ¿cómo es que usas algo así en un día tan lluvioso?- Se burlo él de su atuendo.
-¿Qué? Pues en la mañana el día se veía hermoso obvio, además una mujer siempre se quiere poner cosas que la hagan sentir bonita-
-Y lo lograste, ¿no lo dije? Te ves hermosa.-Decirlo en voz alta por segunda vez hizo que él se sonrojara.
-Gracias – Las mejillas de ella también se sonrojaron como respuesta a la reacción involuntaria de Asad.
- Te puedo acompañar a tu casa – Pregunto él.
- Si, pero queda algo lejos…-
- No importa así es mejor, seguimos platicando.-
-¿Que no tenias una cita? –
- ¡Ah es cierto! Ya lo había olvidado, tal vez aun alcance a ese profesor, ¿entonces nos vemos aquí mañana?, ¿Si por alguna razón no puedo estas aquí te marco? –
- Bueno. –
Se despidieron con un beso en la mejilla, rozando la comisura de sus labios, ambos sin querer separarse pero alegres de que al otro día se encontrarían.
Asad vio como ella se alejaba con un contoneo divino y la luz de sol reflejándose en lo blanco de su sweter y vestido, y escuchando el clap de sus zapatillas.

Calavera a una flaca.


Iba en el metro Gabriela
peleando por un lugar
al fin entre todas las gordas
la terminaron por sofocar.

El delicado y gélido toque
de la parca en su pecho sintió,
al fondo de un abismo oscuro
 en un expreso directo viajo.

Entre flacas se entendieron,
de las gordas se burlaron,
en un mundo de infortunios
a plañir sin fin las condenaron.

Una nación para condenados,
herejes y revolucionarios
personajes incomprendidos
al final ella en paz descanso.

domingo, 10 de junio de 2012

Perdidas.

A mí no me duele la muerte. 
Sé que en donde sea que este ellos estaran mejor que yo.
 Me duele el olvido.


Despido  una bocanada de humo, piso el acelerador un poco y el carro avanza, un poco mas de cigarro, voy hacia casa de Evelyn. Me pidío ayuda para llevar sus maletas al hospital donde atendían a su tío, no sé qué hacer al llegar a su casa, es decir, seguramente la ayudare a bajar las maletas y otras cosas de su hijo. Pero me refiero a cómo comportarme, siempre ha sido muy difícil esa parte, es muy incomodo no saber qué hacer cuando muere un familiar de uno de tus mejores amigos, en este caso de una ex pareja. El semáforo cambia y yo giro a la izquierda, dos vueltas más y estaré frente a su casa, esa donde alguna vez nos despedimos de manera muy amarga y otras tantas de manera muy cariñosa. Al llegar aún tengo un poco del cigarro, le marco para avisarle que he llegado -Sube, esa abierto- me dice. Pienso en sí debería subir con el cigarro o terminármelo ahí abajo, el niño tenía una infección en los ojos le podría hacer daño, lo pienso por un momento, tiro el cigarro y lo piso. Subo los escalones, son muy altos, incómodos, ella vive en la segunda planta eso siempre cansa. Primero me encuentro con Alán, tiene un año y meses, siempre que lo veo pienso en que podría ser mi hijo. Mi imaginación vuela un momento, estoy con él en un parque cuidándolo en los juegos, él ríe a carcajadas, despierto. Evelyn me pide que la ayude a doblar unas cajas que ya no ocupara, la abrazo, siempre ha sido lo que mejor me sale para mostrar mis condolencias. Un abrazo fuerte, una línea de aliento y siempre dicen gracias, bajamos todas sus maletas al carro y nos vamos.
Esa mañana misma fui a donar sangre para uno de sus familiares, le habían hecho una intervención quirúrgica, ella me menciono lo que era, me dijo que tal vez necesitará otras, que necesitaría mas donadores. Ahora ya no, no me atrevo a preguntar nuevamente de que convalecía, sería muy incomodo. Aun siento el dolor que dejaron las agujas mientras sigo manejando, increíble que no haya servido de mucho, pero estas cosas pasan y a veces el cuerpo ya no resiste y se rinde. Alán juega con su camión de bomberos, no sabe lo que pasa, solo disfruta del camino, los niños siempre nos ayudan a sentirnos mejor en momentos como este. Ya no ha habido muertes en mi familia, desde hace como 15 años, la ultima en irse fue una tía. Sus hijas se volvieron mis hermanas. Antes de ella un primo, casi nunca veo a sus hijas. Y antes mi abuela y dos tíos, entonces era muy pequeño. Ir al cementerio era como un día de campo, corríamos entre las tumbas, jugábamos con el agua de las piletas, no había preocupaciones. No entendía lo que pasaba, no del todo, no realmente. Todos venían a la casa, estaban despiertos hasta muy tarde, fumaban y bebían mucho café (ahh como se me antoja otro cigarro, pero debo esperar a que no esté el niño). La última ocasión, la de mi tía, mi padre me llevo con él a hacer todos los arreglos funerarios, el ataúd, los embalsamadores, el panteón, el registro civil. Yo sentí que me estaba preparando, como si me dijera sin usar palabras que yo lo tenía que hacer por los demás algún día.

Pasamos a otra casa, por la maleta de la viuda, todos viajaran de regreso a su casa en otra ciudad a velarlo, una ciudad en donde esta toda su familia. Evelyn me deja un momento con Alán, el aun no habla bien pero me llama tío (mejor dicho lo balbucea), parece que lo hace con cualquiera a quien le toma confianza. Camina tambaleándose un poco, arranca unas flores y señala a la luna, mientras balbucea silabas sin parar, ríe y luego busca a su mamá, al no verla camina un poco más.

Evelyn sale con una maleta grandísima, batallo para acomodarla en el carro mientras se despide de su prima, escucho un poco a lo lejos como le da sus condolencias, nos despedimos y seguimos hacia el hospital. En el camino Evelyn me comenta que quiere volver a la universidad, que se ha cansado de vivir en una ciudad pequeña y sin cines, que le ha dado tiempo a Alán y ahora quiere retomar sus estudios, buscar un trabajo aquí. Me pregunta si la llevare a bailar, al cine, a otros lugares, dudo en contestar, le reviro con otra pregunta, le aconsejo que se enfoque en sus estudios. Dice que le da tiempo para salir una vez a la semana, le digo sin mucho ánimo que sí, la llevaré. Llegamos al hospital, buscamos un espacio para dejar el carro, y luego buscamos a sus familiares. Su madre, un tío, una tía y una prima, todos se ven cansados, desvelados, desconsolados, otro momento incomodo. Evelyn me presenta, les digo a todos lo mucho que lo siento, me agradecen por haber donado, por las atenciones para con ellos -no fue ningún problema, es lo mínimo que puedo hacer por una amiga- contesto. Todo es como conocer a los suegros, pero un poco a destiempo, y un poco menos informal, pero más incomodo, Evelyn le pregunta por la camioneta a su tío, y pasamos todas sus maletas. Ahora sí, no se qué hacer, cumplí con ayudarla, ¿debería quedarme más tiempo con ellos?, no lo tengo que pensar mucho tiempo. Evelyn me agradece la ayuda, me dice que probablemente me marcará la siguiente semana, cuando regrese para la universidad, me despido de todos, la abrazo otra vez y abrazo a Alán, caminan de vuelta hacia el hospital y yo me subo a mi carro. Prendo un cigarro, tomo una gran bocanada, un poco de música, pienso en que no tengo todo lo que quiero, pero alegremente en mi familia todos estamos muy sanos… por ahora.

Quiero.

Quiero que te enamores de mí,
quiero que sonrías sin querer al verme,
quiero que me extrañes,
quiero que pienses en mi cuando tu mente divague.

Quiero que te den celos si me ves con otra mujer,
quiero que busques mi mano al caminar,
quiero ser la persona con la que no te de miedo dejar a las demás,
quiero que haya pasión entre nosotros.

Quiero compartir mis años contigo,
quiero que quieras hacer esto conmigo.
Quiero que me digas que no lo quieres el día en que no lo quieras más.
Quiero que te enamores de mí… mientras yo sigo enamorado de ti.