lunes, 11 de junio de 2012

Eokeria - 1. Libros


La luz de la vela casi llegaba a su fin, la cera se había escurrido dejando una nueva capa en el candelabro,  así es como Urmel marcaba el momento de dejar su más grande interés en la vida. Urmel era un persona muy curiosa si tomamos en cuenta que nunca has visto a un eladrin, su cabello le cae suelto hasta la altura de sus codos, y es de un rubio pálido casi blanco a la luz de sol, sus ojos sin pupila son como un par de corindones violetas pero su mirada es inquisitiva, un tatuaje negro con forma de luna creciente desde su mejilla hasta su barbilla pasando por cuello contrasta con su piel clara, y sus orejas puntiagudas te llamarían la atención si es que nada de lo anterior lo ha hecho hasta ahora.
Urmel necesitaba del descanso después de haber leído de tomos tan antiguos como las paredes de la biblioteca en donde se encontraba, ahora conocía un sinfín de runas y alfabetos exóticos sin embargo no era tan fácil como suena. La mayoría los había copiado con mucho cuidado en un pequeño libro en donde llevaba sus propias notas acerca de lo que más le llamaba la atención o lo que menos entendía, con el propósito de revisarlo con más calma en otro momento.
Leer se había vuelto una pasión para el joven eladrin, joven para su estirpe, pues un  humano con esa edad muy posiblemente estaría sucumbiendo al paso de los años en su cuerpo. Llevaba tan solo 5 años estudiando botánica y ya sabía con detalle acerca de 200 plantas, 160 flores y 70 tipos de arboles o arbustos distintos, conocía su forma de polinización el clima que necesitaban para crecer, la época del año para su germinación y florecimiento, así como su uso medicinal, alucinógeno o dañino entre otros muchos datos más, sin embargo, aunque reconocía cada especie en el jardín del alto colegio de hechicería en donde se encontraba no había visto a mas de 50 especies distintas de vegetales. No había dejado el colegio desde hace 50 años, cuando puso un pie por primera vez en ese lugar, ahí se recibían estudiantes solo cada 5 años sin importar cuantos presentaran habilidades pues había un riguroso control de ingreso, ese año solo fueron admitidos 4 estudiantes, 3 de ellos eran humanos, pero 2 habían dejado el colegio 40 años atrás y el otro solo le tomo 5 años más saber que debía de buscar conocimiento en la experiencia más que en los libros.
Para Urmel el tiempo era distinto, el tiempo que había pasado devorando la biblioteca no era muy alarmante, todo es mucho más tranquilo para la raza de los Feyaldin, el único propósito al llegar al colegio era aprender, cuando sus amigos partieron para él fue una pena muy grande, no por perder sus amistades, sabía que siempre serian buenos amigos en su corazón, sino porque ellos se perderían de tantos tomos exóticos que solo ahí encontrarían.
Con esos grandes amigos compartió las formas básicas de escritura en alfabeto común y así aprendió a leer tomos escritos por casi todas las razas, libros acerca del uso de la fuerza cósmica como poder arcano, entonces al tercer año se hicieron con un objeto especial que ellos debían elegir y crear, Gamot creó un bastón el cual le servía para enfocar su magia hacia su propia protección. Gamot recordaba siempre como su padre había perdido la vida bajo las garras de un puma cerca de la costa, sus temores eran fuertes a causa de esa mala experiencia, Prinorquio era en cambio una persona que prefería el ataque a la defensa, su única razón para pasar 10 años en el colegio era aprender los ataques arcanos más poderosos posibles. Muy pronto noto que un objeto que mejorara el uso de esos ataques sería lo ideal para él, así que se hizo con una varita que le ayudaba prácticamente a nunca fallar en sus conjuros, pero Urmel y su mejor amigo Oesede escogieron un orbe con la cual podrían amplificar la duración de sus conjuros, este es un objeto mágico muy difícil de controlar requiere de toda la fuerza de voluntad del taumaturgo, esta debe ser canalizada a través de la esfera para que su hechizo mismo se mantenga.
Los siguientes años estudiaron los hechizos más básicos, canalizar la energía cósmica no es cosa de días, requiere de mucha concentración por parte de cualquier persona aun de aquellos que poseen habilidades intrínsecas y que las demuestran fácilmente al mover objetos o crear pequeñas luces de la nada, pero con el paso de los años lograron dominar los conjuros, digamos hasta con cierta facilidad podían repetirlos día a día. Sin embargo el desgaste energético era muy fuerte para ellos como principiantes, después se les mostro encantamientos que requerían de un poco más que de concentración, a estos se les conoce como rituales, los cuales les servían por ejemplo para acumular sus energías y vaciarlas en pergaminos y así contener los conjuros para tenerlos a su disposición en algún otro momento. Algo que hasta el más bonachón de los encantadores debía de saber hacer, y aunque aun no eran expertos en ninguna clase de conjuros sencillos el colegio solo estaba ahí para mostrarles el comienzo, enseñarles que son capaces de aprender, entonces ellos solos buscarían el conocimiento y se llenarían con él.
Pero Urmel quería más que aprender sortilegios, quería aprender historia, arte, le interesaba conocer los ciclos de la vida en el mundo. Toda criatura era tan maravillosa para él cuando se tomaba el tiempo suficiente para observarla, era simplemente increíble, y ahí estaba toda esa información. Primero aprendió historia, quería saber por qué los humanos eran tan ambulantes, siempre cambiaban el lugar de sus castillos, sus reinos parecían no estar cómodos ni a la orilla del mar ni en el resguardo del bosque, según lo que había leído no eran una raza de costumbres duraderas el cambio era su mayor cualidad. Los orcos, duendes, kobolds, gnolls y otras clases de trasgos eran razas guerreras, pero con un ápice de locura interna que las llevaba incluso a la destrucción de su misma colonia, simplemente se veían malignas en cualquier volumen que encontraba acerca de estas. Casi tan malvadas como sus primos los elfos oscuros, aquellos que solo conocía por las advertencias de su padre, estas dictaban tener la guardia alta durante las noches que pasara fuera de las civilizaciones, historias de crueles matanzas donde no respetaban niños ni mujeres, eran simplemente abominables, y siempre mantenía la pregunta en su cabeza acerca de dónde provenía tanta maldad.
A las criaturas de gran tamaño aprendió rápidamente a reconocerlas en las ilustraciones, y aprendió también cuáles eran sus gustos mas excéntricos, principalmente esas criaturas aladas, con escamas tan resistentes como para desafiar a la mas filosa lanza de cualquier valiente paladín, los dragones eran sin duda una fascinación entre todas las criaturas, capaces de demostrar maldad y bondad desmesurada, siempre se identificaba con estos en cuanto al contraste que podía existir aun entre razas familiares.
De las criaturas bajo el suelo creyó que todo consistía en codicia, hurgar en las entrañas de la madre tierra en busca de piedras preciosas y metales valiosos, el fin, atesorar mas y mas de ellas, no fue hasta que encontró un libro escrito por un enano. Harbeck hijo de Thorbin, quien con palabras de poeta en runas de Durin, dejo expresado su infinito amor a cada caverna que brindaba la materia prima a cada uno de sus hermanos y a la vez su belleza misma. Enanos que con gran pleitesía se aprestaban a forjar puertas, pilares, pisos, candelabros, estatuas, fuentes, armas, escudos, armaduras, y toda clase de mueble para sus grandes palacios, Casas de reyes que yacían todos bajo el suelo, y sin embargo luz no les faltaba pues el fuego de Pelor no podía alumbrar sus moradas pero les habría mostrado Durin como llevarlo y conservarlo dentro de sus madrigueras. En ese epítome de Harbeck observó ilustraciones un poco toscas, pero que no dejaron de maravillarlo, pues la belleza arquitectónica era en verdad un arte y aunque el estilo era muy distinto a su ciudad natal en la isla de Nastas era único y precioso.
Y así paso los años estudiando y madurando y ahora con un simple ademan hacia volar el tomo de Heslop Harrison “Vegetales en las islas hebridas” hacia su apropiado lugar en el alto estante de botánica a 2 metros de él, mientras se arreglaba su turbante preparándose para su meditación antes del alba.

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