La luz de la
vela casi llegaba a su fin, la cera se había escurrido dejando una nueva capa
en el candelabro, así es como Urmel marcaba
el momento de dejar su más grande interés en la vida. Urmel era un persona muy
curiosa si tomamos en cuenta que nunca has visto a un eladrin, su cabello le
cae suelto hasta la altura de sus codos, y es de un rubio pálido casi blanco a
la luz de sol, sus ojos sin pupila son como un par de corindones violetas pero
su mirada es inquisitiva, un tatuaje negro con forma de luna creciente desde su
mejilla hasta su barbilla pasando por cuello contrasta con su piel clara, y sus
orejas puntiagudas te llamarían la atención si es que nada de lo anterior lo ha
hecho hasta ahora.
Urmel necesitaba
del descanso después de haber leído de tomos tan antiguos como las paredes de
la biblioteca en donde se encontraba, ahora conocía un sinfín de runas y
alfabetos exóticos sin embargo no era tan fácil como suena. La mayoría los
había copiado con mucho cuidado en un pequeño libro en donde llevaba sus
propias notas acerca de lo que más le llamaba la atención o lo que menos
entendía, con el propósito de revisarlo con más calma en otro momento.
Leer se había
vuelto una pasión para el joven eladrin, joven para su estirpe, pues un humano con esa edad muy posiblemente estaría
sucumbiendo al paso de los años en su cuerpo. Llevaba tan solo 5 años
estudiando botánica y ya sabía con detalle acerca de 200 plantas, 160 flores y
70 tipos de arboles o arbustos distintos, conocía su forma de polinización el
clima que necesitaban para crecer, la época del año para su germinación y
florecimiento, así como su uso medicinal, alucinógeno o dañino entre otros
muchos datos más, sin embargo, aunque reconocía cada especie en el jardín del
alto colegio de hechicería en donde se encontraba no había visto a mas de 50
especies distintas de vegetales. No había dejado el colegio desde hace 50 años,
cuando puso un pie por primera vez en ese lugar, ahí se recibían estudiantes
solo cada 5 años sin importar cuantos presentaran habilidades pues había un
riguroso control de ingreso, ese año solo fueron admitidos 4 estudiantes, 3 de
ellos eran humanos, pero 2 habían dejado el colegio 40 años atrás y el otro
solo le tomo 5 años más saber que debía de buscar conocimiento en la experiencia
más que en los libros.
Para Urmel el
tiempo era distinto, el tiempo que había pasado devorando la biblioteca no era
muy alarmante, todo es mucho más tranquilo para la raza de los Feyaldin, el
único propósito al llegar al colegio era aprender, cuando sus amigos partieron
para él fue una pena muy grande, no por perder sus amistades, sabía que siempre
serian buenos amigos en su corazón, sino porque ellos se perderían de tantos
tomos exóticos que solo ahí encontrarían.
Con esos
grandes amigos compartió las formas básicas de escritura en alfabeto común y
así aprendió a leer tomos escritos por casi todas las razas, libros acerca del
uso de la fuerza cósmica como poder arcano, entonces al tercer año se hicieron
con un objeto especial que ellos debían elegir y crear, Gamot creó un bastón el cual le servía para enfocar su
magia hacia su propia protección. Gamot recordaba siempre como su padre había
perdido la vida bajo las garras de un puma cerca de la costa, sus temores eran
fuertes a causa de esa mala experiencia, Prinorquio era en cambio una persona
que prefería el ataque a la defensa, su única razón para pasar 10 años en el
colegio era aprender los ataques arcanos más poderosos posibles. Muy pronto
noto que un objeto que mejorara el uso de esos ataques sería lo ideal para él,
así que se hizo con una varita que le
ayudaba prácticamente a nunca fallar en sus conjuros, pero Urmel y su mejor
amigo Oesede escogieron un orbe con
la cual podrían amplificar la duración de sus conjuros, este es un objeto
mágico muy difícil de controlar requiere de toda la fuerza de voluntad del
taumaturgo, esta debe ser canalizada a través de la esfera para que su hechizo
mismo se mantenga.
Los siguientes
años estudiaron los hechizos más básicos, canalizar la energía cósmica no es
cosa de días, requiere de mucha concentración por parte de cualquier persona
aun de aquellos que poseen habilidades intrínsecas y que las demuestran fácilmente
al mover objetos o crear pequeñas luces de la nada, pero con el paso de los
años lograron dominar los conjuros, digamos hasta con cierta facilidad podían
repetirlos día a día. Sin embargo el desgaste energético era muy fuerte para
ellos como principiantes, después se les mostro encantamientos que requerían de
un poco más que de concentración, a estos se les conoce como rituales, los
cuales les servían por ejemplo para acumular sus energías y vaciarlas en
pergaminos y así contener los conjuros para tenerlos a su disposición en algún
otro momento. Algo que hasta el más bonachón de los encantadores debía de saber
hacer, y aunque aun no eran expertos en ninguna clase de conjuros sencillos el
colegio solo estaba ahí para mostrarles el comienzo, enseñarles que son capaces
de aprender, entonces ellos solos buscarían el conocimiento y se llenarían con él.
Pero Urmel quería
más que aprender sortilegios, quería aprender historia, arte, le interesaba
conocer los ciclos de la vida en el mundo. Toda criatura era tan maravillosa
para él cuando se tomaba el tiempo suficiente para observarla, era simplemente
increíble, y ahí estaba toda esa información. Primero aprendió historia, quería
saber por qué los humanos eran tan ambulantes, siempre cambiaban el lugar de
sus castillos, sus reinos parecían no estar cómodos ni a la orilla del mar ni
en el resguardo del bosque, según lo que había leído no eran una raza de
costumbres duraderas el cambio era su mayor cualidad. Los orcos, duendes,
kobolds, gnolls y otras clases de trasgos eran razas guerreras, pero con un
ápice de locura interna que las llevaba incluso a la destrucción de su misma
colonia, simplemente se veían malignas en cualquier volumen que encontraba
acerca de estas. Casi tan malvadas como sus primos los elfos oscuros, aquellos
que solo conocía por las advertencias de su padre, estas dictaban tener la
guardia alta durante las noches que pasara fuera de las civilizaciones,
historias de crueles matanzas donde no respetaban niños ni mujeres, eran
simplemente abominables, y siempre mantenía la pregunta en su cabeza acerca de
dónde provenía tanta maldad.
A las
criaturas de gran tamaño aprendió rápidamente a reconocerlas en las
ilustraciones, y aprendió también cuáles eran sus gustos mas excéntricos,
principalmente esas criaturas aladas, con escamas tan resistentes como para
desafiar a la mas filosa lanza de cualquier valiente paladín, los dragones eran
sin duda una fascinación entre todas las criaturas, capaces de demostrar maldad
y bondad desmesurada, siempre se identificaba con estos en cuanto al contraste
que podía existir aun entre razas familiares.
De las
criaturas bajo el suelo creyó que todo consistía en codicia, hurgar en las
entrañas de la madre tierra en busca de piedras preciosas y metales valiosos, el
fin, atesorar mas y mas de ellas, no fue hasta que encontró un libro escrito
por un enano. Harbeck hijo de Thorbin, quien con palabras de poeta en runas de
Durin, dejo expresado su infinito amor a cada caverna que brindaba la materia
prima a cada uno de sus hermanos y a la vez su belleza misma. Enanos que con
gran pleitesía se aprestaban a forjar puertas, pilares, pisos, candelabros,
estatuas, fuentes, armas, escudos, armaduras, y toda clase de mueble para sus
grandes palacios, Casas de reyes que yacían todos bajo el suelo, y sin embargo
luz no les faltaba pues el fuego de Pelor no podía alumbrar sus moradas pero
les habría mostrado Durin como llevarlo y conservarlo dentro de sus
madrigueras. En ese epítome de Harbeck observó ilustraciones un poco toscas,
pero que no dejaron de maravillarlo, pues la belleza arquitectónica era en
verdad un arte y aunque el estilo era muy distinto a su ciudad natal en la isla
de Nastas era único y precioso.
Y así paso los
años estudiando y madurando y ahora con un simple ademan hacia volar el tomo de
Heslop Harrison “Vegetales en las islas hebridas” hacia su apropiado lugar en
el alto estante de botánica a 2 metros de él, mientras se arreglaba su turbante
preparándose para su meditación antes del alba.
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